"...Hay veces, que mi ser se cubre de oscuridad, y desearía escapar, muy lejos, a donde nadie me encuentre, y mi alma, pese al dolor, alcanza a guiar, si acaso, a mi mano izquierda..."

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sábado, 24 de agosto de 2013

Cicatrices en el Muro (Ampliación).

Como expliqué en su momento, no había quedado muy conforme con la versión del relato que subí para el Taller de Escritura, así que fuera de esta actividad he estado editándolo y ampliándolo. Llegado a un punto en que estoy más satisfecho, me animo a compartir el avance.

Recalco la aclaración que este relato viene a ser un spin off de un "universo" que he desarrollado desde hace años (más de 15, de hecho) cuya historia principal se llama "Los Amos de la Oscuridad", que aunque está más concebido como una historiera o novela gráfica, la he "colado" al mundo literario.

Además, he estado realizando algunas ilustraciones, que también me animo a compartir (todas son de mi autoría excepto el ave y la foto del paisaje), espero les gusten.
 
Advertencia: El relato puede resultar violento para algunos, y tratar ciertos temas para los que se recomienda amplio criterio.



CICATRICES EN EL MURO.



—Vengo solo.

El tipo me barrió con la mirada de arriba abajo. Iba a echarme, estaba claro, pero cometió el error de bajarse un poco las gafas negras para verme de reojo. Clavé mi mirada en él, pareció dudar, pero no me detuvo cuando entré, ni siquiera se atrevió a registrarme, sólo un par de chicos formados atrás de mí se atrevieron a protestar:

—¡Dale viejo! ¡Porqué  dejás pasar a ese boludo y a nosotros no!

Voltee hacia ellos, bastó que les mostrara una amplia y burlona sonrisa para que el más sensato cogiera al otro de la camisa y se fueran por dónde habían llegado.


Lo mismo pasó con el tipo de la caja, no se atrevió a cobrarme ni revisarme. Me introduje despacio, sin prisa, y a decir verdad, con bastante desgano. Una densa neblina me recibió, seguida de fulgurantes haces de luz que quebraban la penumbra, así como un retumbante escándalo que se incrementaba a cada paso. En el centro de la pista, una multitud de jóvenes se arremolinaban unos sobre todos. Aspiré profundamente, y mis pulmones se inundaron con el hedor del ambiente; una mezcla de sudor, perfume, alcohol, tabaco y droga. No pude evitar relamerme los labios. Busqué un asiento cerca de la barra, pedí un torrontés, pero sólo había cerveza.

—Anda, sírveme una —le dije.

El tarro estaba helado, tenía horas que no había tomado ni comido nada. El primer sorbo dolió un poco en el estómago, pero el siguiente fue realmente placentero. Por un momento, me sentí tentado a arrojarme sobre todos y acabarlos, pero recordé porqué estaba ahí. Recordé, no pude evitarlo, recordé cuando las mujeres de la aldea me cargaban, cuando apenas era crío, mientras le decían a mi madre; “¡Mira que grande está el muchacho Lucía!, ¡Será tan alto como su padre, eh!”.
 

¿Tan alto como mi padre?, no lo sé, nunca lo conocí. Siempre jugaba solo, en los llanos, rodeado de tierra y rocas, con apenas una mata de hierba aquí y allá. Los otros niños me evitaban, “tiene el mal adentro”, decían, y si me acercaba a ellos me lanzaban piedras, así que jugaba solo, solo, descalzo, y casi desnudo. Ni ropa, ni cosas, ni amigos. A decir verdad, salvo a mi madre y la choza dónde habitaba, nunca tuve mucho más. Pero un día de verano, de esos cuándo el sol pegaba fuerte, fue cuando llegó un muchacho unos diez años mayor que yo. “Mira Rafaelillo, es tu hermano; Carlos”, dijo mi madre. Lo miré a través de mis cabellos enmarañados y sucios. Sus ojos oscuros eran impenetrables, no hablaba, no decía mucho, pero se quedó una temporada con nosotros, y los otros niños dejaron de molestarme. Un buen día, me tomó de improviso de la mano, me llevó a las montañas, y nunca volví a ver a mi madre. Carlos me enseñó a cazar, a controlar al “mal”, a vivir de los animales de la montaña, y a vivir de cualquier ser del que pudiera sacar algo de carne. Me enseñó a ser fuerte, y a no temer a ningún hombre o bestia. Fueron buenos tiempos, mi hermano y yo, corriendo bajo la luz de la luna, cazando, éramos más fuertes que nadie, más fuertes que cualquiera.


“Mira, este eres tú”, me dijo en una ocasión, mientras comíamos lo cazado, abrigados en una caverna en medio de las rocas. En uno de los muros de la cueva se hallaba grabado un gran pájaro, “Ese eres tú”, me dijo, “No importa que vueles muy alto, siempre vuelves al suelo, a comer carroña, así eres tú”. Creo que mi hermano tenía razón, siempre la tenía. Ahora, había bajado desde muy alto para revolcarme en la podredumbre. Seguimos viendo de la misma forma por muchos años en las montañas, así fue hasta que vino aquel hombre. No era más alto que mi hermano, y era viejo, blanco y viejo, pero bastó que le dijera un par de palabras pare llenarlo de temor. Yo no entendía, Carlos nunca le había tenido miedo a nada, ni a nadie. “Luego vuelvo Rafaelillo”, me dijo, pero se fue y nunca volvió.
 
Esperé, esperé por días, luego por semanas, y al final por meses, pero Carlos nunca volvió. Lo busqué, pero nadie en las montañas sabía nada de él, o eso decían. Busqué, busqué desesperadamente, la soledad y la ira me cegaron, quizá derramé mucha más sangre de la necesaria, pero no me importaba. Seguí buscando, hasta que el dolor al fin hizo hablar a uno, antes de morir me dijo dónde encontrarlo. Anduve muchos días y noches, más allá de las montañas y los llanos que conocía, pero lo encontré. Cuando encontré a mi hermano, era sólo una pila de huesos enterrados en el atrio de una antigua y derruida iglesia, perdida en medio de un desierto rodeado de montes y rocas de formas caprichosas. Me quedé ahí, por largo rato, mudo, sin saber que hacer, buscando una respuesta en el ajado rostro del cristo pintado en uno de los viejos muros, cuyos ojos nunca se apartaron de mí. Así fue hasta el día que llegó un monje a la iglesia. Cuándo le pregunté, dijo que mi hermano “ya estaba con dios”. No hubo necesidad de lastimarlo, el monje me dijo quién era el responsable; no me sorprendí cuando mencionó al viejo. Pero me advirtió que de encontrarlo, también encontraría la muerte, igual que le sucedió a Carlos.


No le hice caso, lo busqué, busqué con más desesperación, con más furia, busqué como una bestia hambrienta busca el alimento, y yo era una bestia. En un par de ocasiones casi me di por vencido, pero no renuncié, no podía.  Hasta ese día, cuando el sol comenzaba a caer y el atardecer cubría todo poco a poco con las sombras; cuándo el aullante viento arrastraba las siempre ausentes nubes que amagan con la tormenta; cuando mis entrañas se retorcían febriles, hastiadas de la sequedad, del vacío y de la venganza no satisfecha, por fin lo encontré. Huía, huía apresuradamente a través de un paso entre las montañas, al borde de un desfiladero. Cuándo lo encaré, aceptó su culpa, no se resistió, no se defendió, ni me dio el gusto de la venganza. Cuando lo sostuve del cuello para ultimarlo, me sorprendió y logró soltarse. Lo último que recuerdo de él, eran sus ojos claros clavándose en los míos. Su mirada estaba llena de satisfacción, de orgullo de saber que de alguna forma se había burlado de mí. Mientras se arrojaba al fondo del desfiladero, jamás vi en él el mínimo gesto de miedo o duda. Se sumió en las profundidades de la oscuridad. A mí, ni el agua que me bañaba copiosamente lograba calmar mi furia, mientras arañaba la roca del borde.

Lo di por muerto, por muchos años, ningún hombre puede sobrevivir a eso. Así lo creí, hasta aquella vez del prostíbulo en la capital federal. Una mujer me dijo riendo antes de morir: “Je, je… Vanatroz está vivo… y te encontrará Rafaelillo… je, je… y encontrarás la muerte”. Estaba con una chica, la mujer había entrado, e intentó dispararme. Pero fue lenta, no lo logró. ¿Sólo intentó fastidiarme porque iba a morir?, ¿O realmente sabía algo del viejo, y por eso me buscaba…?

—¿No sos de por acá, cierto? —escuché junto a mí.

Su voz musical me turbó de improviso, sacándome de mis recuerdos, pero pude fisgarla a través del tarro vacío a medida que daba un largo sorbo. Junto a mí se había sentado una chica que no parecía tener más de 18 años, aunque quizá tuviera más. Larga, delgada, cabello rubio lacio. Llevaba unas bermudas que permitían ver sus piernas largas y torneadas, rematadas por unos zapatos de plataforma bastante exagerados. Acercó su rostro a mí. Mi mirada se clavó en el arcillo que atravesaba su nariz, para luego percatarme de sus ojos azul oscuro. La visión de los ojos claros me llenó, como siempre desde la vez del desfiladero, de rabia. Apreté mi puño contra el tarro, al oír que comenzaba a quebrarse volví en mí.


—No, no, soy de aquí… llegué de las montañas hace un par de días —respondí.

—¿Sos de los Andes? —Preguntó, mientras sonreía vacilante.

—No, no soy de allá… pero de allá vengo.

—Me van los tipos altos y morochos… ¿Sabés? Pero no me simpatiza que a los 30 segundos de conocerme no me inviten una birra… —agregó.

Le hice las señas al barman que me sirviera otro tarro, y uno a ella. Platicamos un buen rato, de nada, por sus ojos y su aroma me di cuenta que no sólo estaba ebria, también estaba drogada. Se reía de todo lo que yo decía, por simple y estúpido que fuera, pareciera que mientras le diera alcohol, ella seguiría feliz conmigo, hasta que al fin escupió:

—Me gusta la birra de este sitio, ¿Sabés? Pero ando buscando algo más… fuerte… ¿Me entendés…?

—Entiendo —respondí.

La contemplé por un par de segundos, su rostro era casi el de una niña, angelical, pero sus ojos rojos la delataban, era como todas. Me repugnó de momento, pero sabía dónde estaba, no me había metido en un convento, estaba entre la “carroña”, sabía lo que quería, y como obtenerlo. Metí una mano en el bolsillo del pantalón. Le mostré la bolsita con polvo, y me devolvió una falsa y estúpida sonrisa.

—Pero no la tomemos aquí… ¿Conoces un lugar más íntimo? —Le dije, devolviéndole la sonrisa hipócrita. Ella comenzó a reír.

—¿Qué te parece si vamos a mi departamento ¿Eh loco?

Nos levantamos. No pareció extrañarle que no pagara la cuenta, y que ni el barman, ni nadie más, nos reclamara. Casi terminábamos de atravesar el pasillo de salida, cuando un tipo me tomó del hombro y me detuvo:

—¡Pará ahí pelotudo! ¡Qué la piba llegó con nosotros, y se va con nosotros!

Dos tipos más, uno mucho más alto que yo y bastante fornido, secundaron al primero.

—¡Estás mal tarado! ¡Me tomé un par de birras contigo y más nada! ¡Yo me voy con quien yo quiera! —intervino la chica.

Sus palabras parecieron tener el efecto contrario a calmarlo. El tipo de la entrada, aún más masivo, amenazó con intervenir. Tomé a la chica de la cintura y me di media vuelta, son prestarles atención. El tipo más grande me soltó un golpe por la espalda, que esquivé fácilmente. Sin siquiera voltear, le clavé el codo en el costado, sentí como se quebraron dos de sus costillas, y cayó pesadamente en el suelo.

—¡Todos afuera, no quiero bronca acá! —dijo el encargado sacando una pistola.

Nos sacaron por la puerta trasera. Caminé un par de calles con la chica, que a medio camino se quitó los zapatos altos, pues apenas podía seguir en pie.

—¿Te gustan mis zapatillas?, no te gustan, se te mira en los ojos…

Me abrazo y me besó, lo que correspondí con un poco de polvo. Casi tuve que cargarla los últimos metros. Llegamos a un edificio de mala muerte, sucio, con ebrios tirados en la entrada. Uno de ellos nos siguió y molestó pidiendo dinero:

—Hey tú, compadre, ¿No tienes algo de plata para un hermano? Andá, no seas…

El hambre y todo lo demás me habían dejado poca paciencia. Al constatar que nadie más nos veía, le aplasté la garganta de un golpe, y lo arrojé a un rincón en el descanso de las escaleras. Su cuerpo retorcido e inmóvil en el suelo, por un momento me abrió el apetito, pero su peste me hizo desistir.


Al llegar al departamento, la chica, que al parecer no había reparado en el “incidente”, apenas pudo tumbarse en la cama. Pensé que se había quedado dormida, pero tuvo fuerzas para pedirme un poco más de polvo. Yo estaba perfectamente consciente, como siempre, había metabolizado bastante rápido el alcohol.

—¿Eres tú? —Le pregunté, mientas contemplaba una serie de viejas fotos pegadas en un muro.

—Sí… yo… y mi madre —balbuceó mientras sacaba más polvo.

Luego de aspirar, se quedó tumbada en la cama. Recordé al pastor que había conocido la madrugada anterior. Bajar de las montañas me había tomado un par de días, y tenía hambre. Encontré algunas cabras pastando en medio de la pampa seca. Un par me saciarían, y el pastor dormía lejos, cerca de una fogata que apenas y se distinguía a la luz de la luna. Cuándo me acercaba a las cabras, el perro del pastor comenzó a ladrar hacia los arbustos dónde me ocultaba. El pastor azuzó al perro, que corrió hacia mí, seguido de su dueño. El hombre se detuvo en seco cuando oyó chillar al perro, hizo un par de disparos con una escopeta cuando vio mis ojos entre las sombras luego que arrojara el cuerpo del perro, y para su mala suerte, fue lo último que vio.

Me esperaba un festín, pero escuché que en la lejanía, más hombres armados se acercaban, alertados por los disparos. No podía arriesgarme, así que preferí escapar. Aparté mi vista de las fotos, contemplé a la chica, relamiéndome. Acaricié su pierna, con ganas de tener un “servicio completo” esa noche. Comencé a desnudarme, mi ropa podía adaptarse al cambio, pero en ese momento, mi estómago no era el único que clamaba por ser satisfecho. Me tumbé sobre ella; mientras la besaba, sentí como mis ojos se llenaban de sangre, como mi espalda se arqueaba, mientras todos mis vellos se erizaban. Mis músculos se tensaban e hinchaban cada vez más; mi respiración era tan intensa que, quien no me conociera, diría que estaba al borde de un infarto. En el frenesí, con una mano desgarré el colchón. Mi jadeante boca se abrió tanto que babeaba sobre su rostro,  ella apenas reaccionó.

—Vas rápido… ¿Eh? —musitó.

Se abrazó de mí, no pareció reparar en mi espalda cubierta de pelo; mi respiración desesperada, ni en mis ojos brillantes. Literalmente le arranqué la ropa de un movimiento, lamía su piel, cuando los tres tipos del antro entraron pateando la puerta:

—¡Te vamos a llenar el culo de plomo hijo de mil putas!

Si hubieran disparado antes de gritar, quizá, sólo quizá, hubieran tenido una oportunidad. Pero no, gritaron primero; y antes que alguno pudiera apretar el gatillo, de un movimiento salté de la cama, me giré en el aire, y le abrí el estómago al que estaba más cerca de un zarpazo, el cual cayó en el suelo, ahogándose sobre su propia sangre y vísceras desparramadas. El segundo, el grande, alcanzó a realizar dos disparos, que esquivé fácilmente. Lo inmovilicé y le destrocé el cráneo con dos golpes. El tercero cayó al suelo de espaldas, soltando su arma, con los ojos desorbitados, bañado por los sesos de su amigo, y sin poder dar crédito a lo que veía. Gritaba, pidiendo piedad, pero en su semblante pude leer que sabía perfectamente que la criatura que estaba frente a él no la tendría. El aroma de la muerte y de su miedo nadando a través del aire me extasiaron por una fracción de segundo. Pero fui benévolo, y lo maté con un mordisco rápido a la yugular.


El sabor de la sangre me inundó, pero recordé el “platillo principal”. Me di vuelta y me erguí sobre mis patas traseras, cuando un “click” me hizo reparar en el arma en las manos de la chica, que lucía completamente consciente, y perturbada.

—Je… je… las armas… no pueden matarme… niña…

No acabé de gruñir cuando un estallido me interrumpió. No pude evadir el disparo, pero eso no fue lo único que me sorprendió; fue la sensación quemante, y el hilo de plata que escurría de mi pecho. La serie de disparos que siguieron me señalaron que eran mis últimos momentos.

Me desplomé, rasgando la pared, tratando de sostenerme mientras recuperaba mi forma humana. Quedé de frente a las fotos, dónde pude distinguir un rostro conocido. La chica habló en medio de sollozos.

—Hijo... hijo de puta… tú… mataste a mi madre…

Las lágrimas la ahogaron. Un hombre viejo, de más de 60 años, pero de figura recia, entró por la puerta sin inmutarse. Su largo cabello cano, sus ojos azul profundo, y su sombrero de ala ancha, me hicieron reconocer a mi viejo enemigo… que para mi sorpresa efectivamente seguía vivo. Abrazó a la chica, que no paraba de llorar, intentando consolarla:

-Es duro, pero haz hecho lo correcto, no te preocupes, pronto te sentirás mejor.

Se levantó y se dirigió a mí:

Rafaelillo… sé que aún me escuchas. En lo que a mí respecta, habíamos quedado a mano, no sólo con el asunto del desfiladero, también con la mujer que mataste en el prostíbulo, y sí, yo la envié. Nunca lo entenderías, pero si tu hermano murió, fue porque el mismo así lo quiso, porque creyó que la única forma en que “los suyos”, ustedes, lo dejarían en paz, así no sabrían de su pasado, ni intentarían buscarlo. Pero no, tú lo buscaste, y lo encontraste, y luego me buscaste a mí. Aún hay mucho más que no sabes, pero créeme, aún en este momento, lo mejor es que no lo sepas. Así hubiera quedado todo, pero seguiste buscando, y no pude negarme a darle su venganza a esta chica. Para ti, quizá sea una de tantas que has lastimado… pero creeme, ella es especial. Hasta nunca.

Se escuchó un estallido más. De nuevo me hirió la sensación quemante, ahora en medio de los ojos. Intenté aferrarme a mi fuerza, a mi furia, a mis recuerdos. Pero todas esas cosas cesaron, poco a poco. Y al final todo se hizo negro.







2 comentarios:

  1. Me llamó la atención tu relato y me gustó. Ese detalle de adornarlo con imágenes me pareció bueno, y el dibujo del protagonista me dio nervios :P

    ¿Sabes?, en un principio no sabía qué eran, hasta muy avanzado el relato. Pero tuvo buen final y me mantuvo interesada todo el tiempo.

    Saludos.

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    1. Precisamente se trataba de saber hasta el final que eran (y por si había duda está el dibujo). Me pasé buscando muchos rostros para el protagonista (la chica sale casi completame de una actriz), curiosamente el rostro es mezcla de una mujer y un basquetbolista :P

      Gracias por leerlo, y sobre todo antes de la edición, porque ahora que me doy cuenta es mejor que le ponga una advertencia de contenido al inicio :/

      Saludos.

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