"...Hay veces, que mi ser se cubre de oscuridad, y desearía escapar, muy lejos, a donde nadie me encuentre, y mi alma, pese al dolor, alcanza a guiar, si acaso, a mi mano izquierda..."

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lunes, 7 de octubre de 2013

Humo en la Chimenea. Taller de Escritura.

Tomándome un respiro, decidí participar (al menos por esta ocasión) de nuevo en el  Taller de escritura Be Literature. Aparte de las inspiraciones para esta quincena, se añadió la regla que el relato debía ser de terror. Siendo esta una época dónde el "efecto Matrix" deja poco juego a la imaginación (a la imaginación del espectador), lograr que algo verdaderamente dé terror, por medio de la pura palabra escrita, es algo complicado, más cuando llegas a una edad que lo único que te da terror son las facturas de fin de mes... sea, le comparto mi intento.


Aparte de la imagen de la bailarina, también me inspiré en un playmobil =P.



HUMO EN LA CHIMENEA.

—¡Ten cuidado Tom! —le dije, al sentir como la cuerda resbaló de entre sus manos.

—¡Lo tengo todo controlado! ¡Guarda silencio! —respondió.

Continué descendiendo. En la total oscuridad, sentí como el húmedo y frío túnel por el que bajaba se hacía más grande, un metro más o menos después de eso, el hueco por fin terminó.

Puse ambos pies en el suelo. A tientas, me agaché para salir por la única abertura, no terminaba de erguirme cuando sentí que algo tiró de mi pierna. Ahogué un grito, mientras me quedaba petrificado.

Pasaron un par de segundos sin que aquello que me sostenía ni yo nos moviéramos un ápice, lentamente, tratando de controlar mis nervios, deslicé mi mano en uno de mis bolsillos. Intenté encender un fósforo, pero resbaló de mis dedos temblorosos. Mi captor siguió inmutable, sin soltarme, pero sin avanzar, por lo que me atreví a tomar un segundo fósforo. Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la tenue llama, pero al fin pude distinguir que lo que “aprisionaba” mi pie era uno de los ganchos para atizar la leña.

“Pedazo de idiota”, me dije a mí mismo. Tomé el quinqué que colgaba de mi cinturón, y la luz por fin inundó la habitación. Todo era casi como lo recordaba, el enorme salón de forma circular había permanecido imperturbable todos estos meses. La mayoría de los muebles estaban cubiertos con mantas, y la gruesa platina de polvo que cubría todo, me indicaba que, efectivamente como había pensado antes de entrar, nadie había ingresado en el salón en el año que había trascurrido.

Hacía exactamente doce meses, este enorme salón, otrora lleno de calidez y vida, se había vuelto para mí el lugar más sombrío sobre la faz de la tierra. Hacía un año, el aire que lo inundaba se había tornado enrarecido y pesado, como si con cada respiración éste pusiera una laja más sobre mis atormentados hombros.

Pero ahora lucía vacío, estático y, en cierta forma, distante y ajeno. Habían quedado muy atrás aquellos recuerdos de las muchas horas que pasé conversando y riendo a la luz de la chimenea por la que acababa de descender, se habían sumido profundamente en la sombra del olvido, tapiados por  las losas del dolor, hasta desaparecer enterrados junto al último rescoldo que pudo quedar de dicha en mi existencia. El fuego ahora estaba extinto permanentemente, al igual que las risas. Una parte de mí no pudo evitar pensar que, pese a todo, el salón es y sería siempre el mismo, lo que había cambiado eran las circunstancias, y las circunstancias me habían cambiado a mí.

Todavía recordaba lo que ella me susurro al oído, a la luz del fuego, aquella noche en que ambos nos juramos amor por toda la eternidad: “Que mi alma esté siempre contigo, hasta el día que ambos escapemos al cielo, fundiéndonos como el humo al salir por la chimenea”. Algo así es lo que planeaba hacer ahora.

Con cierto miedo, luego de inspeccionar los alrededores, por fin me atreví a fijar la mirada sobre la chimenea. Ahí estaba el cuadro, sus padres no se habían atrevido a moverlo, ni siquiera a cubrirlo. Su cuerpo, contorsionado grácilmente en una pose de baile, hacía que uno dirigiera lentamente la vista hasta llegar a su rostro; hierático e inexpresivo, y a la vez cargado de belleza e inocencia. Ambivalencia inmortalizada en lienzo que otrora fuera mi razón y mi sino.

No pude evitar un largo suspiro mientras lo contemplaba, pero al final me atreví a acercar una silla para treparme. Descolgué el cuadro en silencio y con sumo cuidado, el mismo con el que lo envolví en la tela que llevaba para tal fin. Intenté permanecer ecuánime, pero cuando abracé el cuadro para introducirlo en el hueco de la chimenea, comencé a sollozar… Leonora, mi amada Leonora… daría mi vida, mi alma, y cada gota de sangre porque siguieras aquí…

Me controlé, limpié las grietas que habían dibujado las lágrimas a través del tizne que cubría mi rostro. Me dispuse a apagar el quinqué, pero al levantar la vista para echar un último vistazo de despedida, mis ojos no dieron crédito a lo que contemplaban. De nuevo me quedé estático, sin poder salir de mi estupor por un instante que me pareció eterno, perdí la noción del tiempo mientras sentí como mi corazón dejó por un instante de bombear sangre a mis venas. “¡Esto no puede estar pasando!”, me dije a mí mismo, y de alguna forma, mi mente, tratando de buscar alguna lógica de la cual aferrarme para no enloquecer, fue la que me hizo hablar.

—¿Eres… eres tú…? ¿Leonora… realmente eres tú?

Frente a mí, vestida con su traje de ballet, se erguía aquella chica que acababa de contemplar en el cuadro.

Mi cuerpo quedó engarrotado, negándose a realizar cualquier movimiento. Ella fue la que se acercó lentamente a mí, hasta poner su cabeza en mi pecho. Venciendo cualquier temor, la rodee con mis brazos. Por un breve instante, quise recuperar la esperanza de revivir aquella cálida sensación de cuando ella ponía su cuerpo junto a mío, pero la esperanza se esfumó más pronto de lo que tardó en llegar. Un profundo shock me envolvió al abrazar el macilento cuerpo, mientras una gélida sensación comenzó a subir a través de mi espina dorsal a medida que ella comenzó a girar lentamente su rostro.

¿Miedo… ilusión? No sabría describir exactamente lo que experimenté esos instantes… lo que sí supe, sin lugar a duda, fue que sentí un pánico indescriptible cuando vi sus cuencas vacía dirigiéndose hacia mí, pánico que tornó en terror cuando abrió desmesuradamente las mandíbulas y se arrojó sobre mi rostro.

—¡Leonora! ¡Soy yo…! ¡Leonora!

Al oírme, Tom debió confundir mis gritos con la señal que esperaba, pues comenzó a subir el cuadro. Yo forcejeaba con “Leonora”, o lo que fuera que me estaba atacando. Seguí gritando, pero era inútil, Tom no podría auxiliarme, y el resto de la casa debía estar completamente vacía. En un supremo esfuerzo, logré alcanzar el gancho para la leña. Cuando ella se arrojó de nuevo sobre mí, la golpee con todas mis fuerzas, una y otra vez, espoleado por el instinto de supervivencia y la desesperación contenida todos estos meses, la golpee hasta que se desplomó.


Apenas logré tomar un respiro, pero comenzó a moverse de nuevo. Me introduje en la chimenea y comencé a trepar desesperadamente, hasta que me topé con el cuadro. Intentaba maniobrar para dejarlo atrás, cuando sentí que las manos de Leonora se clavaron en mi pierna. En un momento de iluminación, arranqué el cuadro de la cuerda y le di un golpe tan fuerte que logré liberarme.

—¿Qué diablos sucede ahí abajo? —oí desde el techo.

—¡Tira de la cuerda Tom, por el amor de dios, tira!

Logré llegar al final del túnel, el instinto me hizo volver la mirada, vi que “ella” comenzó a trepar. Preso del terror, tomé el quinqué encendido y se lo arrojé. La vi caer envuelta en llamas, en medio de alaridos inhumanos, me derrumbé tratando de recuperar la cordura.

Pese a lo él mismo vio y oyó, las explicaciones de poco sirvieron con Tom, decidimos olvidarnos del cuadro, si es que aún existía, y de todo este asunto, y largarnos cuanto antes. Cuando bajábamos de la escalera un oficial se nos acercó.

—¿Todo bien, señores deshollinadores?

Al parecer, la pinta que tenía, cubierto de hollín de los pies a la orejas obviaba cualquier explicación.

—Todo bien señor oficial, ha sido una noche demasiado larga.

—Es cierto, lamentablemente. Buenas noches, y que la providencia nos guarde.

—Buenas noches…

Dirigí una última mirada al cielo, la chimenea humeaba de nuevo… que nos guarde la providencia.




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